Objetivo del Curso
Objetivo del Curso 2026/2027
¡Escucha! ¡Acoge! ¡Dialoga!
Este es el lema que los centros vicencianos han elegido como centro de trabajo en la pastoral para este curso.
La misión de un centro educativo vicenciano es formar personas íntegras, críticas y comprometidas, capaces de transformar la realidad desde la fe, el respeto y el servicio. En este horizonte, la escucha se convierte en un valor esencial, no solo como técnica de comunicación, sino como una auténtica actitud de vida que humaniza, educa y abre a la trascendencia.
En un mundo marcado por el ruido, la prisa y el individualismo, escuchar es un acto contracultural. Educar en la escucha significa enseñar a detenerse, a dar espacio a la voz del otro y a acoger con respeto lo que comunica, lo que es.. Es, en palabras del Papa Francisco, reconocer que “el amor sabe escuchar. Es la paciencia de quien no se apresura, no interrumpe, deja espacio al otro para expresarse” (Amoris Laetitia, n. 137).
El Pacto Educativo Global nos invita de forma reiterada a poner a la persona en el Centro, a poner las relaciones interpersonales en el Centro. El Papa Francisco, en su mensaje con motivo del lanzamiento del Pacto Educativo Global una expresión que nos invita a ir más allá, a soñar a lo grande: “tener la valentía de colocar a la persona en el centro.” No hay otro camino que la escucha, la sinodalidad.
La escuela vicenciana, en coherencia con el Evangelio anunciado por Jesús, al poner en el centro la dignidad de cada persona, asume la escucha como camino de encuentro y como signo de amor auténtico.
La escucha favorece un aprendizaje más profundo y cooperativo. Escuchar con atención no es sólo recibir información, sino abrir la mente y el corazón a nuevas perspectivas. Significa respetar la palabra del compañero, valorar la diversidad de ideas y construir juntos un conocimiento compartido. De este modo, la escucha en el aula fomenta la empatía, el pensamiento crítico y la convivencia, preparando a los alumnos para ser ciudadanos dialogantes y comprometidos con la justicia.
Escuchar implica silencio. Es un verdadero reto ayudar a nuestros alumnos y ayudarnos a nosotros mismos como educadores, a hacer silencio en nuestro interior. Escucharnos y escuchar es un acto de amor porque implica darnos a nosotros mismos y dar a los demás tiempo para acoger, tiempo para acogernos en toda nuestra dignidad. Una dignidad que no nos viene dada por lo que hacemos o tenemos sino por lo que somos, más allá de nuestras limitaciones y fragilidades. La escucha empática fortalece el bienestar emocional de los alumnos en una sociedad donde abunda la soledad y la incomunicación. Cuando los niños y jóvenes aprenden a escucharse a sí mismos y a los demás, crecen en autoestima, en capacidad de relación y en apertura a la comunidad. La escuela se convierte así en un espacio de respeto, inclusión y fraternidad, donde cada voz tiene valor y nadie queda silenciado, donde la persona siempre es el centro.
La escucha tiene un significado todavía más hondo. “Sólo quien sabe hacer silencio en su interior puede escuchar la voz de Dios que habla en lo íntimo y en los otros” (Francesc Torralba). Escuchar es acoger la Palabra de Dios, discernir la acción del Espíritu y atender el clamor de los pobres, como nos enseñaron san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac. Educar en la escucha es educar en la fe vivida como compromiso: abrir los oídos y el corazón a quienes más sufren, dejarse interpelar por su dolor y responder con obras concretas de justicia y misericordia. La escucha se convierte así en oración, en sensibilidad espiritual y en servicio evangélico.
Por todo ello, trabajar el valor de la escucha en un centro educativo vicenciano no es un añadido, sino un eje transversal que atraviesa la vida escolar. Escuchar con respeto en el aula, en la convivencia y en la fe significa formar personas capaces de detenerse frente al ruido, de abrirse a la riqueza de la alteridad y de acoger la voz de Dios y de los hermanos más vulnerables. Educar en la escucha es, en definitiva, apostar por una escuela que humaniza, que genera comunión y que transforma la realidad desde el amor que sabe atender, acoger y servir. ¡Saber más para servir mejor!
¡Tengamos, juntos, la valentía de soñar!
Promover en el aula un ambiente de escucha que despierte la curiosidad, que favorezca el pensamiento crítico y el trabajo en equipo, permitiendo que cada uno encuentre su lugar.
Promover en los centros educativos espacios y dinámicas que favorezcan la escucha de nuestras emociones y las de los demás, con la mente y el corazón, desde un profundo respeto a la dignidad de la persona.
Vivir la escucha como experiencia de fe al estilo de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac atentos a la voz del Espíritu y el sufrimiento de los pobres para construir el Reino de Dios.